La Habitación China: El porqué del nombre

0 Publicado por - diciembre 27, 2016 - Storytelling

El porqué se elige un nombre no siempre es fácil de saber. En mi caso “La habitación china” quiero que sea el nombre de una futura recopilación de mis primeros relatos de ciencia ficción. Sí, aunque no lo parezca, los relatos que estoy escribiendo (Horror Vacui, El traductor de dios, El abismo mecánico y alguno más por venir como Jinetes de la tormenta) forman parte de un proyecto más grande. Y aunque se pueden leer de forma independiente, creo que su lugar adecuado será en ese futuro libro.

Pero también quiero que la habitación china sea un blog donde hablo de narración, porque el ser humano, como ya anticipó Ortega, es narratividad. Aquí no solo analizaré como se construye la narración en obras de ficción (a través de conceptos y de ejemplos prácticos tanto de cine, literatura y comic), sino que enlazaré cualquier contenido que tenga que ver con esa narratividad del ser humano.

Pero antes habrá que contestar: ¿Y qué es una habitación china? Pues todo tiene que ver con la inteligencia artificial. En los años 60 y 70 uno de los padres de la IA Roger Schank creo un programa que intentaba simular el comportamiento de la mente humana, intentando que una máquina no solo pudiese pasar el test de Turing, sino que fuese capaz de comprender el mundo que le rodeaba. Este tipo de programación llamada por guiones, trataba de hacer comprender a una máquina una historia muy simple. El ser humano es narración y eso es lo más difícil de simular.

Tal es así que Searle, un filósofo que desarrolló la teoría semiótica sobre el lenguaje llamada actos de habla, se opuso tajantemente a considerar que el pensamiento de una máquina pudiera realmente comprender una historia (en el fondo lo que nos hace humanos) y así propone un experimento mental que se llama la habitación china para  demostrar que no lo es. El experimento consiste en lo siguiente (esta es una versión ligeramente modificada realizada por mí para que se entienda mejor el argumento):

Imaginaos que hay una persona encerrada en una habitación que no tiene ni idea de chino. Por una ranura de una pared le intruducen un texto en chino. A su lado hay un libro que le permite transformar los caracteres chinos en otros árabes (una lengua que tampoco conoce), así que coge el texto que le han dado en chino y usando el libro lo transforma en los carácteres árabes que el libro le señala. Finalmente por otra ranura en la pared opuesta de la habitación saca el papel en árabe. Cualquiera que viese la traducción pensaría que la persona de dentro comprende (y este es el quid de la cuestión) tanto chino como árabe, pero en realidad no comprende ninguna de las dos lenguas. Y así es para Searle  cómo funciona un ordenador, una máquina. Transforma unos símbolos en otros (mera sintaxis), pero no comprende nada de lo que transforma (es decir es incapaz de semántica, de significado, de darle trascendencia a la narración) y esta sería la diferencia fundamental con los seres humanos: que nosotros, según Searle, sí comprendemos las historias, les damos un sentido más allá de ellas. Por eso, para Searle, aunque una máquina sea capaz de responder a cualquier pregunta sobre una narración, nunca va a comprenderle, porque solo transformará los símbolos de la pregunta en los símbolos de la respuesta, pero sin saber lo que realmente significan. Por resumirlo, en la máquina entra una información codificada (input) y la transforma a través de unas reglas (algoritmos) en una información de salida (output), sin saber nada de lo que pasa entre el input y el output.

¿¡Pero no es que en el fondo  lo mismo que pasa con nuestro cerebro!?

Para mí el argumento de Searle (y es un largo y arduo debate) consigue lo contrario a lo que intenta defender.  El problema no es que la máquina pueda  ser humana, sino que los seres humanos somos máquinas. Nuestro cerebro procesa información al igual que una máquina y no parece que haga algo muy diferente a transformar unas corrientes eléctricas en otras (con permiso de la ley de Llinás), salvo que se crea en algo inmaterial como el alma.

Esto último lo puede comprobar cualquiera que haya escrito un relato. ¿Cómo se llega a una idea? ¿Acaso yo tengo la idea o es ella la que me tiene a mí? En ningún momento el supuesto creador (el escritor) tiene control consciente de lo que piensa. O se te ocurren las cosas o no, pero todo depende de nuestra máquina, nuestro cerebro. Yo lo veo así: leo libros, veo películas …, mi cerebro recibe esa información, la codifica para formar parte de mi memoria y después con todo eso en algún momento se le ocurre una idea, pero yo en ningún momento comprendo como se llega a esa idea. Es decir, meto unos datos en mi cerebro (inputs) y con suerte saldrá unos datos, un output en forma de relato, novela o película, pero en ningún momento he comprendido el proceso. Muchas veces me siento como un espectador de mis propias ideas y cuando se me ocurren, sufro la misma sorpresa y exitación que me sucede cuando leo un libro ajeno. Es como si yo no lo hubiese creado, y en el fondo así es, porque crear, lo crea mi cerebro.

Y de ahí el nombre de la página. La habitación china de Javi hace referencia a que es mi cerebro el que ha creado toda mi obra y que yo no soy más que aquel que le pone su nombre propio a esa obra, por eso la habitación china es de Javi, porque me pertenece en cuanto que me apropio de ella (sería el uso del genitivo subjetivo), pero al mismo tiempo la habitación china de Javi hace referencia al genitivo objetivo, es decir, que la habitación china crea a Javi, en cuanto que da forma al objeto Javi.

Así espero que estas ideas que ocurren en esta máquina no solo me sorprendan y gusten a mí, sino también a vosotros porque al final, si os gusta lo que produce entonces vosotros, lectores, también seréis creados, aunque sea solo un poco, por esta habitación china y compartiremos un vínculo, vosotros y yo, imposible ya de borrar.

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